Viaje Hacia el Camino

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La vida se va conformando por una serie de experiencias, unas buenas y otras malas, algunas muy simples y otras más complicadas que nos caracterizan como personas, y también unas más humanas en las que se mezclan aspectos materiales y espirituales, y que se pueden idear para luego propiciar y concretar. Tal es el caso del tema de las presentes Glosas, una experiencia que tal vez se convierta en un parteaguas en la vida de los integrantes de la familia.

 

Confieso que la intención de escribir estas notas era hacer una reseña simplona de un viaje de corte espiritual que se originó en el sueño del que esto narra y de uno de mis dos hijos varones, pues el otro ya lo había hecho realidad muchos años atrás. Ese sueño empezó a cristalizarse con una anticipación de siete meses del inicio de la travesía. ¿Y cuál era ese sueño? te preguntarás con justa razón: recorrer el Camino a Santiago de Compostela en una marcha pausada para aprovechar ratos de silencio para reflexionar sobre la vida de ambos. El hecho que el otro hijo hubiese recorrido el trayecto en tren facilitó la tarea de planificación de El Viaje.

 

La idea original era hacerlo caminando los catorce integrantes de la familia pero pensando en los pequeños de tres años y los dos adultos mayores, estructuramos el viaje de tal forma de avanzar por carretera haciendo paradas sobre El Camino, y eso sí, nos preparamos para recorrer andando los últimos doce kilómetros hasta la Catedral de Santiago que nos llevaría medio día, pues había que recorrer senderos algunos arbolados y otros al rayo del sol por lo que habría que hacer descansos.

 

La logística de viaje la hicieron mis hijos y esposa, marcando los lugares clave del recorrido, apartando pasajes aéreos, escogiendo hoteles, y demás detalles, y el que esto narra se enclaustró para preparar el contenido espiritual. Todo un equipo. La meta espiritual era clara: recorrer el Camino a Santiago de Compostela con objeto de analizar el sentido individual de nuestras existencias de tal manera que cada quién definiera su quehacer en la vida desde el punto de vista no material.

 

Mi mamá insistía en que recordara siempre la diferencia entre esos enfoques. Es por ello que el lema y estribillo del viaje era “Lo que nace de la carne, carne es, lo que nace del Espíritu, Espíritu es”, y que usaríamos para encomendar a Dios nuestro caminar y así lo hicimos desde el comienzo en el Santuario de la Virgen de Lourdes, y mi esposa encendió una vela como un signo de ello. Las reflexiones en cada parada eran congruentes con esa mística y que más adelante podrían servir para otros pues al encender una luz para alguien también iluminamos nuestro camino.

 

Al terminar nuestro cometido leí un agradecimiento en la Catedral de Santiago que hago propio: “Sin encontrar lo que buscaba encontré justo lo que necesito. ¡Gracias Camino!”

 

Si bien es cierto que la motivación del viaje era espiritual, también tenía el objetivo de visitar nuevos lugares, comer diferentes platillos, aprender algo nuevo, escuchar nuestro idioma en forma distinta y por supuesto el divertirnos a carcajadas con los chicos durante todo el viaje.

 

En su conjunto ha sido una gran experiencia, de esas que dejan una huella imborrable.

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